Chávez Castañeda entrega una novela que respira mito, infancia, ternura y destino. Una novela que dialoga con los muertos porque desea, desesperadamente, devolverles un poco de vida.
Ciudad de México, 24 de noviembre (MaremotoM).— Ricardo Chávez Castañeda habla de Y habrá una vez Romala como quien vuelve al origen de una herida. No al vértigo ni al deseo de dialogar con un monumento literario, sino a una lastimadura íntima que lo llevó, sin proponérselo, hacia el corazón oscuro de Pedro Páramo. “Dolor o herida o lastimadura”, dice en la conversación. Desde ahí se despliega una novela que decide entrar en Comala antes del silencio, antes del calor seco, antes de que el mal se hiciera omnipresente. Un libro que intenta salvar a los personajes de Rulfo devolviéndolos a su propia niñez.
La propuesta llega desde un territorio ético más que estético. Ricardo lo formula sin titubeos: Pedro Páramo lo marcó no por la forma, sino por los valores. En su lectura se esconde una idea luminosa y terrible: “Pedro Páramo es un convenio del mal de México”. La frase resuena en la entrevista como una campanada. Lo que propone Y habrá una vez Romala es un gesto de riesgo: volver atrás, buscar el origen del mal y preguntarse si el destino puede modificarse cuando aún existe la posibilidad de ser otro.

“Sin que yo me diera cuenta, Pedro Páramo me marcó… me marcó a nivel de valores y de realidades”, afirma. La conversación deja ver una convicción que conduce la escritura del libro: que los actos construyen realidades, pero también las palabras y que la literatura puede intervenir en el daño colectivo, abrir fisuras, ofrecer salidas.
EL LIBRO NACE DE UNA PREGUNTA AUDAZ
La novela surge de un interrogante poderoso: ¿cómo se hizo Pedro Páramo? La búsqueda llevó al escritor a descubrir algo que no esperaba encontrar. “No me daba cuenta de lo que me estaba provocando… la exposición del mal”, reconoce. Lo que Rulfo hizo, afirma, fue exponerlo sin colocarlo en un punto fijo, sin juzgarlo ni delimitarlo: “El mal está en todos lados. Es una omnipresencia”.
La escritura de Y habrá una vez Romala se convierte entonces en una tentativa de desmontar esa omnipresencia. La elección consiste en regresar la historia treinta años atrás, cuando Comala aún estaba viva y sus habitantes eran niños. “La niñez es la parte potencial del ser humano”, explica. Volver a esa etapa permite detectar algo que la novela rulfiana dejó sugerido: la posibilidad de otras vidas, de otros caminos, de ligeros desvíos capaces de transformar un destino.
El libro imagina la niñez de Damiana, Dolores, los Rentería, Susana San Juan y el propio Pedro Páramo. El territorio emocional previo a la tragedia se construye desde un recurso que Chávez Castañeda reconoce como una especie de don propio: la subjetividad infantil que nunca lo abandonó. “Hay una parte de mí que se quedó en la niñez”, dice. Ese niño interior dialoga con los personajes como si pudiera escuchar la pulsación profunda de cada uno.
La ternura guía la escritura de esta reconstrucción. Una ternura que no busca suavizar la tragedia, sino desnudarla. “La ternura es ese sentimiento que surge cuando ves a alguien vulnerable y te impulsa a tratar de ayudarlo”. En esta novela los vulnerables son los mismos fantasmas de Rulfo, vistos desde la vida, acariciados desde la vida.

El equilibrio entre el lenguaje rulfiano y la voz propia se convirtió en uno de los desafíos más delicados de la escritura. “Yo no sé si logré no copiar, si logré respetar… espero no haber hecho un maltrato”, confiesa. La novela misma condujo el tono hacia lo mítico y en ese desplazamiento surgió un descubrimiento inesperado: “Lo grandiosamente mítico que tiene Pedro Páramo”. Un hallazgo que no nació del análisis, sino del acto de escritura, como si el mito hubiera estado esperando que lo tocaran.
La lectura de Rulfo permite imaginar el verdor previo, la Comala viva, anterior a la devastación. Esa Comala vulnerable, casi infantil, resulta estremecedora: un pueblo que puede destruirse por la voluntad de un solo hombre.
La novela plantea que solo en una de sus versiones Pedro se salva. Explorar esos caminos implica preguntarse por el origen del daño. Ricardo halla ahí un punto decisivo: “Pedro se convierte en quien es porque no fue amado”. El desamor como fractura fundacional. El desamor como mecanismo que empuja hacia la violencia, la codicia, la crueldad. La pregunta adquiere entonces un filo conmovedor: ¿qué habría ocurrido si Pedro Páramo hubiese sido amado?
El libro responde con multiplicidad. Cada elegido, cada desvío, cada mínima posibilidad abre un resquicio de salvación.
Y habrá una vez Romala inaugura un giro inesperado en la trayectoria del autor. Durante años, confiesa, evitó escribir sobre México por una relación traumática con sus propios orígenes. “No quería retomar México”, admite. La literatura se convirtió así en un espacio sin territorio, sin coordenadas. Con este libro algo cambia: “Es la primera vez que dialogo directamente con la literatura mexicana”.
El movimiento implica también una transformación personal. El duelo por la muerte de su compañera marcó un periodo largo y oscuro. Al terminar esa etapa, dice, levantó la vista y descubrió el mundo como si lo viera por primera vez. En esa claridad recién recuperada apareció Rulfo. La novela que habla de los muertos lo sacó de la sombra. El libro que narra la imposibilidad del amor lo empujó a escribir sobre la potencia del amor.
EL RIESGO DE TOCAR UN TEXTO INTACTO
La ortodoxia rulfiana podría reaccionar con resistencia, quizá con hostilidad. Ricardo lo sabe, pero no lo detiene. “Necesitaba escribir este libro”, afirma con firmeza. El riesgo resulta menor frente a la urgencia interior que lo impulsó. Y habrá una vez Romala no intenta traicionar a Pedro Páramo: lo acaricia. Intenta escuchar sus murmullos desde otro tiempo, desde otra luz.
El resultado es una novela que mira hacia el origen del mal mexicano y propone una salida imposible y, sin embargo, necesaria. Una novela que cree en la literatura como acto de reparación.
Lo que queda, después de la lectura, es esa apuesta: abrir la posibilidad de que Pedro Páramo —el mismo que encarnó la avaricia, el rencor, la soledad absoluta— pueda salvarse en alguno de sus caminos. Abrir la posibilidad de que México, en su propio espejo rulfiano, también pueda salvarse.
Chávez Castañeda entrega una novela que respira mito, infancia, ternura y destino. Una novela que dialoga con los muertos porque desea, desesperadamente, devolverles un poco de vida.
RULFO: EL INTELECTUAL QUE NO NECESITÓ TÍTULOS
Durante la entrevista, Chávez Castañeda recupera un punto que considera imprescindible: la figura intelectual de Juan Rulfo. En México persiste una cultura del diploma, de las credenciales, de la academia como legitimación. En un país donde se dice ‘dígame licenciado’, tú tienes que tener un montón de títulos para ser visto, le comentamos. Rulfo no tenía estudios formales universitarios, no era académico, no pertenecía al canon del intelectual institucionalizado. Aun así, creó la obra literaria más poderosa de la literatura mexicana.
Esa ausencia de títulos se vuelve una virtud, no una carencia. El escritor lo explica así: Rulfo hablaba desde “un lugar muy, muy profundo”, un territorio subjetivo que no se aprende en una escuela. Un pensamiento sin academia, pero con una lucidez que ningún aula puede otorgar.
La conversación recuerda un episodio lamentable de la Feria del Libro de Guadalajara, donde alguien declaró que Rulfo “no era un intelectual”. Ricardo responde: “Ese es el gran elogio”. El verdadero intelectual, para él, no es quien acumula grados, sino quien entiende la realidad desde un punto interior al que casi nadie llega.
Gonzalo Celorio, el reciente Premio Cervantes, es un intelectual muy diferente a Juan Rulfo. “Gonzalo Celorio representa la intelectualidad que ha dominado la literatura mexicana”. Emerge ahí la figura del académico, del crítico, del guardián de la palabra autorizada. Una intelectualidad formada en bibliotecas, archivos, rigurosidades formales.
Rulfo encarna lo contrario. Representa la intuición, lo mítico, lo no escolarizado, lo que surge de una herida. Ricardo propone incluso pensar en escritores que podrían acompañarlo en esa otra tradición: quizá Efrén Hernández, quizá Alberto Ruy Sánchez, quizá ciertos autores que, como Rulfo, escriben desde ese “otro lugar” ajeno a los salones académicos.
La comparación no enfrenta, sino que establece dos formas de pensamiento: la intelectualidad académica y la intelectualidad profunda, la que nace del silencio y de la escucha interior. Y habrá una vez Romala se inscribe claramente en esta segunda tradición.











