El libro, que se presentará el 1 de diciembre a las 17:30 horas en el Salón B del Área Internacional de la FIL Guadalajara, reúne 18 cuentos donde la autora examina lo cotidiano hasta revelar su fractura. Cada texto funciona como un pequeño espejo empañado: deja ver lo suficiente para entender, pero no tanto como para sentirse a salvo.
Ciudad de México, 18 de noviembre (MaremotoM).- Hay libros que llegan después de una larga espera, como si necesitaran atravesar varias vidas antes de existir. Ruinas líquidas, el debut literario de Zeth Arellano —seudónimo de Claudia Flores— pertenece a esa categoría.
Conozco ese recorrido porque estuve ahí desde el inicio: en los talleres, en las dudas, en los cuentos que se abrían como pequeñas grietas en medio de la pandemia. Ahora, verla llegar a su primera publicación de la mano de la Universidad Autónoma de Nuevo León es, para mí, la confirmación de un destino que ella misma fue construyendo, sin padrinazgos, sin recomendaciones, solo con talento y perseverancia.
“Creo que a todos los que leemos mucho, en algún punto nos da curiosidad cómo hacen los otros para escribir —me dijo en la conversación—. A mí siempre me ha gustado muchísimo leer, pero lo retomé en serio cuando nació Natalia. Desde entonces, este camino ha sido largo”.
Es un camino que comenzó en la prepa, se interrumpió con la vida y volvió a levantarse cuando nació su hija hace 17 años. Ahí empezó la semilla de un libro que tardó casi dos décadas en encontrar forma. Y se nota: en Ruinas líquidas hay madurez emocional, pero también esa oscuridad luminosa que surge cuando la escritura se convierte en hogar.
El libro, que se presentará el 1 de diciembre a las 17:30 horas en el Salón B del Área Internacional de la FIL Guadalajara, reúne 18 cuentos donde la autora examina lo cotidiano hasta revelar su fractura. Cada texto funciona como un pequeño espejo empañado: deja ver lo suficiente para entender, pero no tanto como para sentirse a salvo.

“A mí el cuento se me hace muchísimo más sencillo que la novela —me confesó—. Me gusta cómo en la brevedad puedes contener un universo entero. Los primeros cuentos que me marcaron fueron los de Kurt Vonnegut y Etgar Keret. Me gusta esa parte donde lo cotidiano se conecta con algo profundo del alma”.
En los talleres, durante los meses más duros del encierro, yo era testigo de cómo cada cuento encontraba su forma. Recuerdo especialmente el silencio del grupo cuando uno de sus textos daba un giro inesperado. Claudia tiene esa capacidad: la de torcer la realidad en el momento preciso, sin artificios, sin ruido, como si la historia hubiera estado esperándola.
Le pregunté si al tener el libro listo sintió miedo o vértigo. Me respondió algo que resume su vínculo con la literatura:
“Sí, claro que siento nervios. No sé si les pasa a todos, pero yo siempre estoy con la duda: ¿será buena la historia?, ¿la entenderán?, pero también he aprendido que no tienes que conectar con todos. Solo con quien tengas que conectar”.
Quizá por eso su escritura tiene una honestidad que no busca concesiones. Ruinas líquidas (UANL) no pretende complacer. Pretende decir y lo dice con una voz que maduró leyendo crónica, ensayo, divulgación científica, novelas y, sobre todo, cuentos. Su formación no viene de una línea académica rígida, sino de una curiosidad insaciable.
En algún punto de la entrevista, hablamos de sus padres, quienes ya no están vivos. “No sé qué dirían —me dijo con un nudo en la voz—. Ellos se quedaron con mis trabajos de la universidad. Nunca alcanzaron a ver este deseo real de convertirme en escritora. Creo que sería una sorpresa para ellos”.
En ese momento supe que este libro no es solo un logro profesional: es una forma de continuidad. Un puente hacia aquellos que ya no están y hacia los que vienen. Porque Claudia tiene otra hija además de Natalia: éste, su libro.
Le pregunté qué siente al respecto. Se quedó pensando un instante y dijo:
“Creo que ya estoy en el soltar. Natalia está por seguir su camino y Ruinas líquidas también. Hay cosas que ya no me tocan a mí. El resto le toca al mundo”.
Ese desprendimiento es también un acto de confianza en la literatura. Claudia no tuvo apoyo de grandes nombres ni recomendaciones de editoriales influyentes. Llegó a este punto insistiendo sola, desde su propio esfuerzo.
“Creo que eso cuenta más —me dijo—. No tuve ayuda de la comunidad literaria, ni a esas amistades que tienen otros. Fue insistir e insistir hasta que alguien dijo: a ver. Antonio Ramos me dio esa oportunidad. Cuando me preguntó si tenía algo más escrito, yo ya tenía un libro. Y se lo mandé. Todavía no sabes lo que he llorado de felicidad”.
Yo sí sé. Fui testigo de la emoción, del desvelo, de la constancia. Los cuentos los conozco uno por uno, desde la primera chispa hasta la versión final. Aunque nunca es fácil ver a un escritor nacer, en Zeth Arellano hubo algo distinto: la certeza íntima de que llegaría hasta aquí.
En unos días, Ruinas líquidas será presentado en la mayor feria del libro en español. Ese mismo sueño que alguna vez compartió con su hermana afuera de una sala donde presentaba el escritor Juan Pablo Villalobos.

“Yo algún día quiero estar aquí”, dijo entonces.
“Sí, lo vas a lograr”, le respondió su hermana.
Aquí está. Con un libro hermoso bajo el brazo, una voz narrativa propia y esa mezcla de alegría y miedo que siempre acompaña a los principios verdaderos.
Para mí, acompañarla en este trayecto ha sido un privilegio. Para los lectores, será un descubrimiento.
Porque Ruinas líquidas no es solo un conjunto de cuentos: es la prueba de que la literatura sigue naciendo donde hay una mirada dispuesta a no rendirse.










