Osvaldo Sánchez tomó carta de naturalización al convertirse en uno de los agentes intelectuales e institucionales del arte en México de fines del siglo XX y siglo XXI. Escribe Cuauhtémoc Medina.
Ciudad de México, 8 de septiembre (MaremotoM).- Osvaldo Sánchez (La Habana 1958-Mérida Yucatán 2025) ha partido y deja un hueco enorme en la colectividad del arte contemporáneo en México y muchas otras latitudes.
En Cuba, Sánchez fue sobre todo un escritor: poeta laureado y guionista de cine, que impartía clases de historia de arte en las escuelas claves de la vanguardia cubana, San Alejandro y el Instituto Superior de Arte.
Su escritura entonces albergaba una dificultad estratégica que no era del todo distinta del barroquismo de Lezama Lima: los giros blanchotianos y la densa mezcla de conceptos e imágenes era demandante sobre su lector y permitía extraer libertad en un campo minado de vigilancia.
Era el crítico de arte de la generación que, bajo el amplio manto del posmodernismo, usaba la apropiación y el comentario incluso de imágenes clásicas, para señalar una disidencia tanto frente al régimen como a la provocación directa del grupo de Volumen I. Resistencia al sentido que representan, por mencionar unos pocos nombres, Consuelo Castañeda, Quisqueya Hernández o Carlos Cárdenas.
A inicios de los años de los 1990, Osvaldo migra a México y de inmediato se vincula no sólo con el breve y fructífero exilio cubano-mexicano, sino con los círculos de avanzada que en la ciudad de México aprovechaban la improvisación y condición periférica, para repensar el rol del arte en el momento global.

Sus textos, tanto en revistas como Poliester y Curare, como en catálogos de exhibiciones en galerias como Ninart, son en extremo originales. Su rechazo a la mera transparencia, los hace especialmente clarividentes, pero su barroquismo no impidió la temprana toma de posición estético-política de su escritura, especialmente respecto a la ruina ideológica de la revolución cubana. En el exilio, una de sus divisas era “derrumbar el muro” que, como él argumentaba, nunca había existido entre los artistas en Cuba y fuera de Cuba.
Pronto, Osvaldo Sánchez tomó carta de naturalización al convertirse en uno de los agentes intelectuales e institucionales del arte en México de fines del siglo XX y siglo XXI. Su labor como crítico tuvo un momento particularmente importante a mediados de los años 1990 cuando estuvo entre quienes abrieron la columna “Ojo Breve” del diario Reforma.
Tuvo un rol decisivo en los simposios de FITAC en Guadalajara e impulsó la formación del Patronato de Arte Contemporáneo y con él de los Simposios Internacionales de Teoría de Arte Contemporáneo (SITAC).
A partir del 2000 y hasta hace unos pocos años, tuvo un desempeño decisivo en el proyecto Insite en Tijuana/San Diego, bajo la conducción de Michael Kirchman y Carmen Cuenca. En paralelo, su gestión como director del Museo Carrillo Gil (1997-2000), Museo Tamayo (2000-2001) y Museo de Arte Moderno (2007-2012) en el INBA marcaron el ingreso del arte actual a las instituciones oficiales, incluso en la salida abrupta y arbitraria que Sánchez sufrió en el Tamayo ante el ataque de los artistas conservadores locales que, de modo desinformado, defendían la exclusividad de la idea caduca de la pintura frente a una noción pluralista de arte.
Aunque la frecuencia de su escritura se redujo por tantas tareas, cada cierto tiempo Sánchez producía textos de una inventiva intelectual asombrosa. Su ensayo sobre el neomexicanismo, “El cuerpo de la nación. El neomexicanismo: la pulsión homosexual y la desnacionalización”, (2000) es un texto imprescindible, que avanza ideas notables sobre el carácter transexual de la imaginería mexicanista.
Mercurial, visionario y felizmente intransigente, Osvaldo ha dejado una enorme herencia intelectual y cultural. Los artistas que contribuyó a formar, como Tania Bruguera y Mario García Torres, los curadores que entrenó y templó como Magali Arriola, Willy Kautz y Ana Elena Mallet, los patronos y galeristas que encauzó a generar una escena ambiciosa y compleja, y los públicos que introdujeron en su sensibilidad la demanda de esperar claridad de ideas y calidad de la experiencia en las instituciones que presidió, son parte de ese legado.
Enumero todos estos hechos para compartir con los lectores, y especialmente los más jóvenes, la dimensión de la pérdida que la muerte de Osvaldo Sánchez representa a una enorme franja de la comunidad artística. Esta mañana muchos hemos despedido a un referente estético y ético. Es justo decir que su partida deja la sensación de un paisaje ya incompleto.
Un abrazo enorme a quienes hoy ya lo extrañamos.












Es necesario precisar que en los 90 Osvaldo Sánchez estuvo a cargo de artes visuales en el Festival Internacional Cervantino, en donde realizó una gran labor. 😉
Lamento mucho la perdida de Osvaldo Sánchez. Toda su obra es inmortal